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- El demonio bajo la piel ... 6
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- Amor y otras drogas ... 5
- Como la vida misma ... 5
- Camino a la libertad ... 3
lunes 19 de diciembre de 2011
Yo también tengo comida de empresa
Cada vez que veo el típico reportaje de la tele sobre las comidas de empresa pienso en la que voy a tener yo pronto y me entran escalofríos. El reportaje, todos los años el mismo -llegará un momento en que les dará cierta vergüenza- trata sobre los errores que cometen empleados y directivos cuando todos se hayan en manada, con unas cuantas copas de vino peleón y cava de batalla de más. Salen los que se suben encima de mesa a cantar jotas, los que se lanzan sin red a por la compañera de turno porque en esos momentos solo ven un escote de risita meona, los que hacen chistes verde moco como acompañamiento a la lubina a la espalda o las que organizan un alborotado corral de gallinas cuando hay gallos nuevos. Lo conocemos, quien más quien menos ha estado en varias de éstas o ha ido a algunas bodas.
La que me toca a mí va a ser una mezcla: Navidad-homenaje-multijubilación. Ya hacía tiempo que no iba a una de éstas.
No lo soporto.
Puedo soportar ver como los demás comen las vieiras, carabineros, mariscos en general, sopas de pescado y demás especialidades que mi paladar, garganta y estómago considera repulsivos y que no hay forma de hacer que cambien de opinión aunque lo llevo intentando así como cuarenta años, créeme, y que de sobra sé que es algo muy raro, tanto que a veces soporto peor las miradas de reproche que mi propio disgusto. Hasta estoy empezando a comprender, para mi propia sorpresa, un poco la comida molecular como alternativa a estas otras comidas más tradicionales. Intensidad de sabores, diseño, tecnología, innovación y, sobre todo, variedad frente a abundancia podrían, quien sabe, acudir en mi auxilio y ser mi salvavidas contra la soledad del comensal "asquerosito", que yo soy soy, frente a un plato de delicias de toda la vida pero más o menos modernizadas. Delicias ajenas. Manjares de siempre que, por mi, permanecerían inmaculados en el plato a la espera de que un camarero no preguntón se los lleve.
Esas miradas a mi plato intacto y luego a mí me matan, las odio, desde el "¿no comes?" o "¿no te gusta?" del vecino alucinado de que haya una persona en el mundo que no disfrute con semejantes placeres, pasando por el condescendiente "pídete otra cosa, espera... ¡camarero!" que me jode aun más, porque me trata todavía de forma más infantil y me hace sentir aún mayor vergüenza. Por que sí, siento vergüenza, es la verdad. No debería, cada uno es como es en estos temas. Tantos años con la misma cantinela deberían haberme hecho callo y tendría que pensar que me da lo mismo, pero no, al final siempre hay alguien que hace que me avergüence del pequeño rango de sabores y texturas que soporto. Reproches a veces no velados y vergüenza que, para combatirlas, como no hay forma de que nadie se crea que no me gustan todas esas cosas, hacen que no tenga más remedio que picar algo de aquí, algo de allá, asentir cuando alguien afirma que aquello que nunca me gustó hoy sí que está bueno y tragarme un bocado de sabor a salada derrota. Pero lo puedo soportar. ¡Lo he hecho tantas veces!
Puedo soportar sentarme entre un soso y una harpía y en frente de alguien que ni me mira. Puedo soportar las conversaciones estúpidas entre desconocidos y la falta de recursos temáticos de los que mucha gente carecemos hasta que no nos aprendemos los gustos de los demás. Puedo soportar el tener que adivinar lo que me dicen leyendo los labios a alguien que no está a mi lado pero sí en el lado de enfrente e incluso puedo soportar perderme la conversación que no me llega por escasos veinte centímetros, aquella conversación que sí mi interesa, aquellas risas de las que querría participar.
Puedo soportar los cuentos de ellas y las recomedaciones de ellos, todos más de veinte años mayores que yo. Puedo soportar las críticas sutiles a mis predecesores y las alabanzas desmedidas a los que estamos ahora. Será exactamente igual cuando nosotros nos retiremos.
Puedo soportar los discursos melosos y lacrimógenos, los pedantes y recargados y los chistosos de gracia anal. Puedo soportar los remilgos dominicales del principio y los excesos alcohólicos del final. Los saludos, la ropa de etiqueta -que no hace falta, hombre-, los brindis e incluso la falta de apoyo de un amigo que quedó, junto con otros conocidos, a cinco comensales de mí.
Lo puedo soportar todo, o casi todo. Lo único que no puedo soportar es estar allí rodeado de cien personas, conocidas, desconocidas, amigos muchos, enemigos ninguno, y seguir estado, aún así, completamente solo.
Y recordando alguna vez que no lo estuve.
.
La que me toca a mí va a ser una mezcla: Navidad-homenaje-multijubilación. Ya hacía tiempo que no iba a una de éstas.
No lo soporto.
Puedo soportar ver como los demás comen las vieiras, carabineros, mariscos en general, sopas de pescado y demás especialidades que mi paladar, garganta y estómago considera repulsivos y que no hay forma de hacer que cambien de opinión aunque lo llevo intentando así como cuarenta años, créeme, y que de sobra sé que es algo muy raro, tanto que a veces soporto peor las miradas de reproche que mi propio disgusto. Hasta estoy empezando a comprender, para mi propia sorpresa, un poco la comida molecular como alternativa a estas otras comidas más tradicionales. Intensidad de sabores, diseño, tecnología, innovación y, sobre todo, variedad frente a abundancia podrían, quien sabe, acudir en mi auxilio y ser mi salvavidas contra la soledad del comensal "asquerosito", que yo soy soy, frente a un plato de delicias de toda la vida pero más o menos modernizadas. Delicias ajenas. Manjares de siempre que, por mi, permanecerían inmaculados en el plato a la espera de que un camarero no preguntón se los lleve.
Esas miradas a mi plato intacto y luego a mí me matan, las odio, desde el "¿no comes?" o "¿no te gusta?" del vecino alucinado de que haya una persona en el mundo que no disfrute con semejantes placeres, pasando por el condescendiente "pídete otra cosa, espera... ¡camarero!" que me jode aun más, porque me trata todavía de forma más infantil y me hace sentir aún mayor vergüenza. Por que sí, siento vergüenza, es la verdad. No debería, cada uno es como es en estos temas. Tantos años con la misma cantinela deberían haberme hecho callo y tendría que pensar que me da lo mismo, pero no, al final siempre hay alguien que hace que me avergüence del pequeño rango de sabores y texturas que soporto. Reproches a veces no velados y vergüenza que, para combatirlas, como no hay forma de que nadie se crea que no me gustan todas esas cosas, hacen que no tenga más remedio que picar algo de aquí, algo de allá, asentir cuando alguien afirma que aquello que nunca me gustó hoy sí que está bueno y tragarme un bocado de sabor a salada derrota. Pero lo puedo soportar. ¡Lo he hecho tantas veces!
Puedo soportar sentarme entre un soso y una harpía y en frente de alguien que ni me mira. Puedo soportar las conversaciones estúpidas entre desconocidos y la falta de recursos temáticos de los que mucha gente carecemos hasta que no nos aprendemos los gustos de los demás. Puedo soportar el tener que adivinar lo que me dicen leyendo los labios a alguien que no está a mi lado pero sí en el lado de enfrente e incluso puedo soportar perderme la conversación que no me llega por escasos veinte centímetros, aquella conversación que sí mi interesa, aquellas risas de las que querría participar.
Puedo soportar los cuentos de ellas y las recomedaciones de ellos, todos más de veinte años mayores que yo. Puedo soportar las críticas sutiles a mis predecesores y las alabanzas desmedidas a los que estamos ahora. Será exactamente igual cuando nosotros nos retiremos.
Puedo soportar los discursos melosos y lacrimógenos, los pedantes y recargados y los chistosos de gracia anal. Puedo soportar los remilgos dominicales del principio y los excesos alcohólicos del final. Los saludos, la ropa de etiqueta -que no hace falta, hombre-, los brindis e incluso la falta de apoyo de un amigo que quedó, junto con otros conocidos, a cinco comensales de mí.
Lo puedo soportar todo, o casi todo. Lo único que no puedo soportar es estar allí rodeado de cien personas, conocidas, desconocidas, amigos muchos, enemigos ninguno, y seguir estado, aún así, completamente solo.
Y recordando alguna vez que no lo estuve.
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